Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

    LIBROS GRATIS

    Libros Gratis
    Libros para Leer Online
    Recetas de Cocina
    Letras de Tangos
    Guia Medica
    Filosofia
    Derecho Privado




--Hacemos más que ponerle mala cara, monseñor; nos hemos separado de él.
--¿Vais a dejar que se pudra ese muchacho? Hacéis mal. Dádmelo al mí.
--Deseo conservarlo a mi lado, monseñor. No tengo más que él en el mundo, y mientras se avenga a per-
manecer...
--Bien, bien, --repuso el duque. --Sin embargo, yo lo hubiera reconciliado sin tardanza con el rey. Es
de la madera de que se hacen los mariscales de Francia, y a más de uno de su fuste, he visto yo empuñar el
bastón de mariscal.
--No digo que no, monseñor; pero como el rey es quien nombra a los mariscales de Francia, Raúl nunca
aceptará cosa alguna de Su Majestad.
En esto entró Bragelonne precediendo al Grimaud, que traía en sus todavía seguras manos una salvilla
con un vaso y una botella del vino predilecto del duque.
Beaufort, al ver a su antiguo protegido, exclamó con alegría:
--Buenas noches, Grimaud, ¿qué tal va esa salud?
Grimaud, tan lleno de satisfacción como su noble interlocutor, hizo una profunda reverencia. --¡Dos amigos! --exclamó el duque sacudiendo con robusta mano el hombro del honrado Grimaud, que
hizo una reverencia más profunda que la primera.
--¡Cómo! ¿un sólo vaso, conde? --repuso Beaufort.
--Sólo beberé con Vuestra Alteza si Vuestra Alteza se digna invitarme a que lo haga, --contestó con no-
ble humildad Athos.
--¡Vive Dios! que habéis hecho bien en no haber hecho traer más que un vaso, --replicó el duque; --así
beberemos los dos en él como dos hermanos de armas. Vos primero, conde.
--Pues os dignáis hacerme tal favor, hacédmelo por entero, --dijo Athos apartando con suavidad el vaso.
--Sois un grande amigo, --repuso Beaufort, que bebió y entregó el vaso de oro a su compañero: --pero
como todavía tengo sed, quiero honrar a ese garrido mozo que está ahí en pie. --Y volviéndose hacia Raúl,
añadió: --La dicha va conmigo, vizconde; mientras bebáis en mi vaso, desead algo, y acabe conmigo la
peste si no veis cumplido vuestro deseo.
El duque tendió el vaso al Bragelonne, que humedeció precipitadamente en el vino los labios y dijo con
igual presteza:
--Deseo algo, monseñor.
A Raúl le brillaron con fuego sombrío los ojos, se le encendieron las mejillas, y se sonrió de modo que
llenó de espanto al Athos.
--¿Qué deseáis? --preguntó Beaufort sentándose en el sillón, mientras con una mano entregaba la bote-
lla y una bolsa a Grimaud.
--¿Me prometéis acceder a mi deseo, monseñor?
--Desde luego, pues tal es lo pactado.
--Pues deseo acompañaros a Djidgeli, monseñor. Athos se puso pálido y no pudo ocultar su turbación. -
-Es difícil, muy difícil, mi querido vizconde, --repuso el duque bajando la voz y después de haber mirado
al su amigo como para ayudarle a parar aquel golpe imprevisto.
--Perdonad, monseñor, he sido indiscreto, --repuso Bragelonne con voz firme; --pero como vos mismo
me habéis invitado...
--¿A que me dejarais? --atajó el conde.
--Señor, ¿cómo podéis creer...?
--¡Qué caramba! --exclamó el duque. --el vizconde tiene razón. ¿Qué va a hacer aquí sino morirse de
tristeza?
Raúl se sonrojó; pero el príncipe, enardecido, prosiguió:
--La guerra es destrucción, en ella se gana todo, y sólo se pierde una cosa, la vida, y entonces tanto peor.
--Es decir, la memoria, --repuso Raúl con viveza, --es decir, tanto mejor.
Mas al ver que Athos se levantaba y abría la ventana, el joven se arrepintió de las palabras que acababa
de pronunciar.
El acto del conde sin duda escondía una emoción; Raúl se abalanzó a su padre, que ya había devorado su
dolor, pues reapareció en el campo de luz de las bujías con el rostro sereno e impasible.
--¿En qué quedamos? --preguntó el duque, --¿se viene o no se viene conmigo? Si se viene le nombro
mi edecán, y os prometo mirarlo como a hijo, conde.
--¡Monseñor! --exclamó Raúl hincando una rodilla.
--Monseñor, --repuso Athos asiendo la mano al duque, -- Raúl hará lo que mejor le plazca.
--No, sino lo que os plazca a vos, señor, --replicó el vizconde.
--Vaya, vaya, --dijo Beaufort, --aquí no hay conde ni vizconde que valgan. Me llevo al Bragelonne. La
marina le abre una carrera brillantísima, amigo mío.
Raúl entendió, y recobró su serenidad, y no volvió a proferir palabra.
Al ver lo avanzado de la hora, Beaufort se levantó y dijo apresuradamente:
Tengo prisa; pero a quien me diga que he perdido el tiempo conversando con un amigo, le responderé


 

 
 

Copyright (C) 1996- 2000 Escolar.com, All Rights Reserved. This web site or any pages within may not be reporoduced without express written permission